Perspectivas

Obsolescencia y gobierno corporativo

Se está dando por buena, sin mucha discusión, que los primeros ejecutivos temen quedarse obsoletos ante el cambio tecnológico.

Puede ser una forma útil de contarlo, pero no creo que ahí esté lo principal.

Lo delicado no es que un primer ejecutivo no domine la última herramienta.

El problema empieza antes: cuando la organización sigue decidiendo con marcos que ya no describen bien la realidad que pretende gobernar.

La obsolescencia que importa no es necesariamente técnica.

A veces está en el criterio.

O en el propio esquema de supervisión.

Una compañía puede reforzar capacidades analíticas, incorporar perfiles digitales, abrir la conversación sobre IA y rediseñar órganos internos de decisión.

Todo eso puede ayudar.

Pero nada de eso asegura, por sí solo, que el órgano de gobierno y los comités estén viendo mejor. Ni que estén viendo a tiempo.

El riesgo no aparece solo cuando falta conocimiento especializado.

Aparece también cuando se mantienen categorías heredadas, métricas demasiado agregadas, umbrales poco exigentes o formas de reporting que ordenan la información, pero no dejan ver bien la exposición real.

Ahí la cuestión deja de ser actualización personal y pasa a ser buen gobierno.

Se nota cuando un riesgo material queda diluido en un promedio tranquilizador.

Pero un promedio no neutraliza un rojo en un activo crítico.

Lo oculta.

Y un rojo en un activo crítico no se compensa: se eleva.

Se nota también cuando una dependencia crítica de tercero se trata como si el contrato bastara para dar por controlada la exposición.

No basta.

El contrato es condición necesaria, pero no suficiente.

Y se nota, en fin, cuando la organización muestra actividad, pero no evidencia; cuando habla de transformación, pero no revisa los criterios de escalado; cuando el cuadro de mando se sofistica en apariencia, pero sigue sin identificar qué activo, proceso, proveedor o decisión comprometería continuidad, cumplimiento o reputación.

Por eso conviene afinar bien el diagnóstico.

El problema no es solo adaptarse al cambio.

El problema es detectar qué parte del sistema de supervisión ha dejado de ser suficiente.

Ese punto es especialmente importante en riesgo tecnológico.

Porque buena parte de la conversación sobre liderazgo presenta la actualización como una cuestión de capacidades —más dato, más IA, más automatización, más talento especializado—, cuando la cuestión decisiva es otra: si esas capacidades mejoran de verdad la forma en que el órgano de gobierno recibe información, distingue señales relevantes, exige trazabilidad y separa lo accesorio de lo material.

Cuando cambian la IA, el dato y la dependencia de terceros, no basta con actualizar capacidades.

También hay que actualizar el modo en que el órgano de gobierno ve, pregunta y exige evidencia.

La cuestión no es si la organización se está transformando.

La cuestión es si el órgano de gobierno y los comités siguen supervisando con criterios válidos para la exposición real de hoy.

PD – Comentario de Gustavo Gazzaneo (Board Advisor – Buenos Aires, Argentina):

«Luis, me parece muy potente el ángulo que planteás porque lleva la conversación al lugar correcto: no se trata solo de que el primer ejecutivo «se actualice», sino de si el órgano de gobierno conserva criterios válidos para supervisar la exposición real de hoy. Muchas veces la moda, la presión competitiva o el temor a quedar atrás empujan a implementar tecnologías que la organización todavía no comprende del todo. Pero implementar tecnología no equivale a transformar. La experiencia sigue siendo un activo enorme, siempre que se adapte a un contexto que cambió profundamente desde internet y que hoy acelera aún más con IA, datos y dependencia de terceros. El desafío real es repensar el modelo de negocio, los procesos de decisión y los criterios de supervisión a partir de esas tecnologías. Coincido plenamente: no alcanza con más herramientas, dashboards o comités. El órgano de gobierno debe poder ver mejor, preguntar mejor y exigir evidencia sobre los riesgos que realmente comprometen continuidad, cumplimiento o reputación.»

Respuesta del autor:

«Gustavo, muchas gracias. Coincido mucho con tu lectura.
La presión por implementar puede hacer que una organización confunda velocidad con madurez. En ese contexto, el consejo tiene un papel especialmente delicado: no gestionar la herramienta, pero sí asegurar que la adopción tecnológica se traduce en mejor decisión, mejor evidencia y mejor comprensión de la exposición real.
Como bien apuntas, más dashboards, más comités o más capacidades no garantizan mejor supervisión si no cambia el modo en que se ve, se pregunta y se exige evidencia.»

Sala de consejo con una mesa de reuniones frente a un ventanal con vistas a la ciudad.